No me des tanta muela

2833F256-EFCF-43C1-861B-A0F7B64C8C47Para Jaidy y los dentistas…

A los 25 años una persona debe tener 32 dientes pero yo solo tengo 23, los conté esta mañana- es el mismo número ordenado distinto-… no voy a hacer la historia de por qué esos 9 dientes no están donde deberían… ir al dentista me ha dado vergüenza siempre, por aquello que se supone que esté y sin embargo prueba su falta por mucho que se disimule. Por el juego de las apariencias y del dolor fantasma de los miembros ausentes… no sé si existe algo similar para los dientes faltantes. Siempre he sentido que soy la culpable de los dientes que no nacieron y también de aquellos que nacieron mal y que la dentista decidió quitar para que con el tiempo otros ocuparan su sitio… pero bien sabemos que nadie ocupa el sitio de nadie… ni siquiera en la boca.

De niña mi abuelo Raúl solía dejarme regalos debajo de la cama cuando a mi primo o a mí se nos caía un diente… el ratoncito Pérez coleccionaba aquellos ejemplares de leche, el cuento en aquel entonces me resultaba atractivo por la recompensa… pero mirándolo desde ahora el ratoncito Pérez me parece un tipo retorcido, bien podría haber salido del Berenice de Edgar Allan Poe- por si no lo han leído, es la historia de un hombre obsesionado con los dientes de su prima- espero que el espíritu de Edgar me perdone la simplificación…

El último diente que perdí ha sido de todos el más traumático… empezó siendo una tontería pero la dentista cometió un error… luego otro error… luego incluso una semilla de tomate que por poco crece y que me dejó rabiando por semanas a base de antibióticos y clavo de olor… claro que cambié de dentista, si es lo que piensan que debí haber hecho. En realidad fui a tres dentistas distintos y todos hicieron mal el trabajo. Me dijeron que meter la pata así, con los dientes de una, se llama “hiatrogenia”. La última dentista terminó por quitarme lo poco que quedaba del primer premolar derecho superior, o de forma más simple: “la muela de la sonrisa”.

Desde entonces paso temporadas sin sonreir a causa de su pérdida… luego encuentro a alguien que logra llenar el vacío con algo convincente y sonrío con más fuerza que nunca… porque sonreir es una de las cosas que me sale bien. Esa muela me ha generado momentos de instrospección total, duele cada vez que se pierde, como si fuese la primera vez, aprendí un día que las células tienen memoria para el dolor y supongo que también la sonrisa cuenta con este tipo de memoria.

… un día mi amiga Jaidy me envió un mensaje de voz enumerando las cosas que había dejado olvidas en su casa de Bogotá… uno de los olvidos que más la intrigaba era un objeto extraño que a ella se le parecía a un diente… y sí… eso era… otra pérdida traumática que no pude rescatar… juntas pensamos en todo lo que podía significar un diente y en aquello de los refranes… sobre todo en cómo modificar los refranes y mi relación a la naturaleza de mi dentadura: dientes que nacen torcido a lo mejor con el tiempo se enderazan… Por primera vez perder un diente tuvo un sentido: si es cierto que los ratones dan regalos a cambio de dejarlos bajo la cama, yo le dejé a mi amiga, después de tantos regalos, un dientecito para sonreir y no para morder.

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